1 Maruchita la deseada
Aquel domingo de apacible otoño, Maruchita fue el tema predilecto de habladuría en la concurrida cantina “Don Fadasur”. Desde temprano los contertulios se referían a ella tal si fuese un personaje del cual es lícito decir cualquier agudeza, chascarrillo, exageración, mientras bebían, picoteaban una merienda, jugaban al billar, al dominó o tentaban suerte al naipe.
Ahí acudían los eternos amigos de libar de sol a sol, aunque estuviese nublado o la lluvia obstruyera los caminos de acceso. Entre los asiduos se contaba el alcalde don Evaristo del Hortelano, vinculado a los terratenientes del pueblo, los empleados de la municipalidad, y quienes se precian de ser alguien. Era un ritual ineludible para los hombres de Quilacoya concurrir a la cantina, donde se recogen las mejores noticias del pueblo y nadie queda insatisfecho.
En medio del holgorio, del humo pestilente de cigarrillos de sospechosa calidad y del sudor turbulento de quienes no se bañan por costumbre o se olvidan, soltaban necedades sin dar respiro a la lengua. Igual a niños se atropellaban narrando sus experiencias diarias, en las que no estaban ausentes los ruidos guturales de tinte grosero, para fortalecer sus dichos.
Quien se atrevió primero a hablar de Maruchita, fue un tipo con un hombro caído, la barba boscosa donde no había un claro, y con un brillo en sus ojos que parecía vivir el goce de correrías recientes.
—A esa damita, y debe quedar entre nosotros, la cabalgué el viernes a hurtadillas. Fue una jornada maravillosa, colegas —se ufanó Euclides, justo cuando se balanceaba en la silla, como si ésta fuese la apetecida Maruchita de sus placenteros recuerdos.
Pepe, un mocetón de mirada vidriosa, quien era uno de sus compañeros en la mesa de brisca, le espetó sin disimular su malestar, que parecía crecer cuando hablaba. Mientras lo señalaba con el dedo acusador a no más de un jeme de distancia, dijo:
—Tú eres un farsante redomado, Euclides. No tienes agallas ni para tirarte un pedo en presencia de tu mujer, y vienes a alardear a la cantina. ¡Vaya desfachatez, compadre! Yo sí que la monté el otro día y bien montada, y como nunca la disfruté hasta quedar adolorido —y se echó a reír, entre tanto se rascaba la cabeza por debajo del sombrero.
Desde corta distancia, uno de los jugadores de billar pidió a Pepe y Euclides que por prudencia callaran. Era sabido en Quilacoya que ambos, cuando estaban cerca de Maruchita, de cobardes se les atragantaba la lengua y les daba ganas de mearse en los pantalones.
—Ella, han de saber —agregó el billarista bajando la voz, como si fuese a decir un secreto— es una hembra distinguida de nobles hechuras. A todos, aunque nos pese, nos tiene trastornados. Nadie de los presentes lo puede negar. Bien sabemos que es algo arisca, temperamental, como deben ser las de su clase, pero ni ahora ni nunca será merienda para ustedes, pedazos de sinvergüenzas.
—A mí, y no quiero presumir de nada —dijo otro de los jugadores de billar, mientras apoyaba el taco en su hombro, tal si fuese un instrumento de labranza— me gusta la suavidad y color de su piel, y ese modo sensual de menear las nalgas. ¡Qué vaivén, compañeros! —y mientras sonreía haciendo mímica, se puso a mover las caderas, como expresión de júbilo.
Una salva de aplausos premió sus dichos y contorsiones de payaso. El hombre había interpretado el parecer general, escrito en los ojos de aquellos huéspedes acosados por los recuerdos.
—Mejor se callan mentirosos de mala leche —intervino Fadasur el cantinero, mientras llenaba una y otra vez los vasos de vino que hacía circular entre las mesas— pues no cuesta nada presumir. ¿Acaso me toman por imbécil para creer tanta fanfarronería? Maruchita desde que llegó a Quilacoya esta primavera, es fiel a don Evaristo del Hortelano nuestro alcalde, a quien ustedes deben obediencia. No creo que ninguno de los aquí presentes se haya atrevido a acercarse a ella, a no ser por razones de servicio.
Poco a poco se avivó la charla, hasta desembocar en euforia colectiva matizada de insultos. Próximo al mediodía, la cantina bullía y casi nadie de los contertulios se abstuvo de opinar sobre Maruchita, cuya honorabilidad de hembra estaba siendo cuestionada. Había risas escandalosas, brindis para amenizar una conversación plagada de infundios, y no pocas exageraciones de macho.
Nunca en la cantina de Quilacoya, ni en los momentos de mayor convulsión social o política cuando se aproximaban las elecciones, se había suscitado una discrepancia de tal naturaleza. No es exageración asegurar que desde la llegada de Maruchita, el pueblo adquirió un semblante distinto, donde hasta el aire parecía cargado de rumores. Euclides, quien permanecía junto a una de las ventanas que daban a la calle, dedicado a espiar a los transeúntes por si veía alguna señal de interés para comentar, dio la voz de alarma:
—Ha llegado la hora de la verdad, compañeros.
Cierta persona vinculada a ellos, se acercaba desde la plaza.
Se agitó la cantina. Ni un temblor de tierra hubiese provocado el repentino choque de vasos, para hacer un brindis de adiós y concluir así la presencia de público en el lugar. El naipe quedó desparramado sobre la mesa, en medio de la dispersión de sillas, de uno que otro vaso tumbado, en tanto las bolas del billar enmudecieron, mientras los jugadores, taco en mano, volaban en desbandada hacia la salida del boliche.
Hasta el viejo Fadasur, renuente a creer en historias fantásticas, que con majadera insistencia narraban los borrachos de siempre, interrumpió sus obligaciones de cantinero. De un brinco subió a una tarima dando empellones para mirar hacia el exterior.
Nadie quedó sin posesionarse de un sitio de privilegio, ya sea junto a las ventanas, en la puerta de vaivén o encaramado sobre las espaldas de un colega. En el rostro de aquellos indiscretos y presumidos hombres, tocados por la jactancia, se dibujaba la viva ansiedad de presenciar un hecho, que ese día traía una primicia.
Por el centro de la calle polvorienta se aproximaba el alcalde don Evaristo del Hortelano. A menudo, antes de ir a misa, aparecía en la cantina “Don Fadasur” a echarse un trago. En aquella ocasión venía cabalgando a Maruchita, la más codiciada potranca de Quilacoya.
2 El violinista del Metro
Sin tener una justificación clara de por qué lo hice, viajé en tren desde España a Francia. En mi bolsillo llevaba una carta personal que debía entregar a un tal Louis de la Riviere, quien vivía en París en el 128 de la rue Saint Maur.
Como mi dominio del francés se limita a manejar un vocabulario elemental, y debía mantener discreción sobre mi presencia en París, pues eso me había recomendado el autor de la misiva, me pareció prudente alojar en un hotel poco frecuentado.
Luego de entregar la carta, tenía que permanecer el tiempo justo en la ciudad aguardando la respuesta, la que debía llevar de regreso a Madrid.
El 128 de la rue Saint Maur, resultó ser un edificio construido hacia fines del siglo dieciocho, y había servido de monasterio a monjas de una congregación italiana. Después de cruzar el portón de entrada, se abrió ante mis ojos un amplio zaguán, donde nace una escalera de anchos peldaños.
Apenas enfrenté la escalera y al mirar hacia arriba, me dominó una sensación de agotamiento. Debía ascender hasta el último piso. Sin apuro empecé a subir, suponiendo que iba a escalar el monte Everest. En el primer descanso, me saludó una mujer de rostro noble, aunque ajado, que llevaba en brazos a un perrito lanudo. En un francés gangoso dijo, que si trataba de encontrar al señor de la Riviere perdía el tiempo, pues ya no vivía ahí.
—¿Louis de la Riviere? —pregunté desconcertado.
—Así es. Apenas lo vi… no dudé que lo buscaba. Igual, usted puede preguntar su actual dirección en el sexto piso, donde vivía hasta hace unos meses.
A la mujer le entendía a medias. No necesitaba saber demasiado francés para comprender que intentaba darme una información adecuada, aunque no sabía si debido a la cortesía francesa, o porque su misión era espiar.
Llegué hasta el sexto piso, no sin haber descansado en tres tramos de la escalera. Enfrentado al departamento 61, dudé si pulsar el timbre o alejarme del lugar. Tal vez debería regresar al hotel y llamar por teléfono a Madrid a quien me había contratado, para recibir nuevas instrucciones, pero no quise darme por vencido a la primera dificultad, y llamé a la puerta.
Pasado un instante, abrió un hombre de aspecto taciturno, con facciones árabes, quien llevaba un gorro musulmán y al cinto una cimitarra, no sé si para darse ínfulas o porque estaba disfrazado. Me miró como si fuese un juez antes de dictar sentencia, y sin yo articular palabra, preguntó en una mezcla de francés y español, si buscaba a Louis de la Riviere.
Asentí feliz, y no demoró en anotar en un papel la dirección del sujeto. Estas infidencias me parecieron rarísimas, sobre todo la amabilidad encontrada en personas desconocidas y las extrañas sonrisas de quienes iba a ver de seguro, por primera y última vez en mi vida.
Con la dirección en la mano, descendí demasiado aprisa, sin entender la razón. Disponía de dos días para cumplir mi tarea, la cual empezaba a causarme la excitación de un novato en amores.
Sólo en la calle, me atreví a leer el papel escrito: "Rue du Dragon 77, departamento 8". Como la sed me perturbaba, pues el calor parecía empeñado en desalentar las mejores intenciones, decidí beber un café. A esa hora —serían las diez de la mañana— las seis mesitas de la cafetería situada en la esquina de avenida de Parmentier con rue Oberkampf, permanecían desocupadas.
Apenas me hube acomodado cerca de una ventana, se acercó una joven de expresión lánguida, como si llevara en su alma una tristeza profunda, para preguntar qué deseaba servirme. Pedí café turco, y me puse a observar a los transeúntes. Al cabo de tres minutos regresó la joven con el café. Y para mi sorpresa, detrás de ella apareció la mujer del perrito, quien se sentó a la mesita vecina, después de haberme sonreído.
Mentiría si negara que tuve la sensación de estar siendo vigilado. Yo ignoraba el contenido de la carta. Y si acepté llevarla hasta París, se debía que, a cambio, me habían dado una tentadora suma de dinero, suficiente para aquietar por meses mis urgencias económicas.
Demoré en tomar el café turco, cuyo sabor me hizo pensar que podrían haber puesto en él un brebaje misterioso. De reojo observaba a mi vecina, quien bebía una limonada y se entretenía en ordenar algunos ajados papeles, que había sacado de un bolso de cuero raído. Cuando me miró para indagar si deseaba algo, le pregunté por la rue du Dragon. Volvió a sonreír, ahora con aire de malignidad, e inquirió usando un tonillo confidencial, si conocía París.
—Se trata, señora, de mi primer viaje a esta ciudad, y me siento perdido en el océano de sus calles —le confié en tono burlón, después de concluir mi café, preocupado de haber bebido una poción mortal.
—Puede usted irse en Metro hasta la Plaza Saint Sulpice —respondió, y de entre sus papeles ya ordenados, sacó una agenda donde había un mapa de la ciudad y me invitó a su mesa, para mostrar el recorrido adecuado.
Aquella manifestación de hospitalidad, me produjo una sensación entre agradecimiento y desconfianza. Después de escuchar sus explicaciones, las que debió repetir a lo menos tres veces a causa de la barrera idiomática, me puse en marcha.
Mientras caminaba en dirección al Metro, pensé si la carta que llevaba en el bolsillo tenía o no un valor equivalente o mayor al dinero recibido en Madrid. Quién sabe si su contenido podría dañar a alguien, o quizás se trataba de una misiva secreta enviada por espías internacionales. ¿O era una esquela de amor, una inofensiva declaración de amor, de quien no confía en los correos tradicionales? ¿Y si la hacía mil pedazos, para dejar libre a mi conciencia perturbada?
A lo menos palpé una decena de veces la carta guardada en el bolsillo trasero del pantalón, teniendo siempre la idea de que ya no estaba allí, y sólo portaba mis documentos personales. Abordé el Metro siguiendo al pie de la letra las instrucciones de la mujer del perrito, aunque suponía viajar en una dirección equivocada. La diversidad de rostros, de vestimentas de quienes iban en el vagón, de una fingida indiferencia hacia mi persona, me hizo pensar que en realidad se trataba más bien de una confabulación internacional.
¿No habría sido mejor haberme quedado en Madrid, dedicado a tocar el violín en el Metro, donde la generosidad de los amantes de la música selecta siempre se expresa en apoyo monetario, para vivir en forma decorosa?
Allá, un día se acercó un hombre próximo a la edad en que uno siente las ansias de allegarse a la naturaleza, para decir que la interpretación hecha por mí del segundo movimiento del concierto para violín de Mozart, le había recordado al eximio Yehudi Menuhim.
La comparación me resultó graciosa, aunque el sujeto parecía un hombre serio. Habló de enviar una carta a París y que sólo una persona de mi sensibilidad musical, podía cumplir sin tropiezos aquella misión. Dos días después me entregó la carta, el pasaje, el dinero para la estadía y el pago anticipado de la mitad de los honorarios convenidos.
Di un salto cuando a mis ojos apareció la estación del Metro donde debía descender. Si no hubiese dado más de un empellón, la consabida disculpa a una bella joven que casi llevé en vilo a la puerta de salida, habría continuado hasta la próxima parada, donde no dudo me habría extraviado en la selva de bulevares.
Hallar la rue du Dragon no resultó complicado. Ese día, por no decir otra cosa, estaba de suerte. El número 77, muy destacado a la entrada del edificio parecía ser una irresistible invitación. Para introducirme al edificio aproveché que un joven hindú ingresaba a él, quien subió por las escaleras como si un viento de tempestad lo encumbrara igual a hoja de periódico.
Ascendí hasta el tercer piso, imaginando que podría descubrir un homicidio o cualquier otra cosa espeluznante, y quedé casi petrificado al enfrentar el departamento número 8. Superado el temor pulsé el timbre, convencido que detrás de la puerta podría aparecer la mujer del perrito, el musulmán blandiendo su cimitarra, el hindú, o quien me había contratado en España.
—Por favor. Deseo hablar con el señor Louis de la Riviere —le expliqué a un negro de tez tan lustrosa, que muy bien podría servir de espejo en una emergencia.
Sin decir palabra, me franqueó el paso y pude entrar. De golpe me encontré en una sala alhajada con gusto de artista, donde los cuadros de pintores famosos menudeaban, como si ahí viviese un traficante de obras de arte.
El negro me señaló un sillón de felpa y rogó aguardara, pues el señor de la Riviere hablaba por teléfono. Rehusé la invitación, y me puse a inspeccionar la sala haciendo un breve recorrido.
Esta mirada pueril, terminó por acrecentar mi impaciencia. Quién sabe si en la referida llamada telefónica, de la Riviere pedía antecedentes sobre mí. Cada segundo que transcurría aumentaban mis temores, ante el hecho de haberme involucrado en un asunto asqueroso, propio de gente ansiosa por hacer fortuna.
Pasado unos minutos, arribó a la sala un caballero de tez amarillenta que cojeaba, aunque hacía esfuerzos para disimular. Me acerqué con presteza y sin que dijera nada, le entregué la carta. Sonrió y mientras abría el sobre lacrado, preguntó si había tenido un buen viaje.
No recuerdo si le respondí que sí, o le hablé del calor que a esa hora parecía venir del mismo infierno. Él, más bien leía la carta, como si estuviese enfrentado a un documento de enorme trascendencia.
El negro, que oficiaba de mozo, se había ausentado, aunque tal vez permanecía al acecho en la habitación vecina. No me sorprendí cuando regresó con una bandeja, donde había una jarra con jugo, quesos variados y otras menudencias para picotear.
El señor de la Riviere me invitó a servir de aquello, al tiempo que continuaba examinando la carta. Creo que el contenido lo había sacado de su modorra habitual, o de la apatía, tan propia de coleccionistas de obras de arte.
—¿De verdad usted, señor, toca tan bien el violín, como asegura mi amigo en esta carta?
—Sé tocar el violín desde los cinco años, señor; ahora que su amigo me haya comparado con Yehudi Menuhim, parece muy bondadoso, aunque es una exageración.
—¿Interpretaría usted para mí "El vuelo del moscardón”?
Asentí, y antes de manifestar que no disponía de instrumento, me invitó a pasar a su escritorio —acaso mejor alhajado que la sala— donde un violín guardado en una vitrina, esperaba a un concertista.
—Este Amatti —dijo mientras lo sacaba— lo heredé de mi bisabuelo Jean de la Riviere. Sólo ha sido tocado por eximios violinistas. Por favor, deléiteme con su arte por unos minutos —y puso en mis manos el instrumento, como quien entrega un rico presente.
Mientras lo afinaba, apareció el negro lustroso vestido con túnica marroquí y un látigo en la mano, de aquellos para castigar a los galeotes, y se aproximó a su amo.
—Usted no debe inquietarse, señor mío. Por favor limítese a tocar y yo seré su eterno agradecido —advirtió de la Riviere y empezó a quitarse la chaqueta, la corbata a lunares rojos y por último la camisa, hasta quedar con el torso desnudo.
El negro hizo una reverencia, y cuando empecé a ejecutar los primeros compases, se puso a propinar de latigazos a su amo en la espalda, con una furia para aterrorizar al peor de los torturadores.
De la Riviere recibía el castigo, como si la melodía del "Vuelo del moscardón" y el chasquido del látigo, le proporcionaran un deleite infinito, comparable a una relación de amor.
Al decimoquinto latigazo, y cuando las espaldas de la Riviere quedaban laceradas, el negro volvió a hacer una reverencia y se ausentó, después de limpiar con un paño, el látigo ensangrentado.
Sobrecogido por la escena, mi interpretación musical parecía hallarse a un paso de caer en la vulgaridad absoluta o empinarse a lo sublime. Todo aquello resultaba un mal sueño, o la rara sensación de haberme quedado dormido en el Metro, y que viajaba a un lugar desconocido.
—Muchas gracias, señor. Infinitas gracias por haberme dado estos instantes de verdadera dicha —aseguró de la Riviere, en tanto se cubría la espalda con una toalla mojada.
Quedé perplejo. ¿Se trataba de un viejo maniático, o de un pecador que quería expurgar sus culpas, mientras se deleitaba con la música? ¿Cuáles serían las conexiones secretas entre quien me había contratado en Madrid, el musulmán, el hindú, la mujer del perrito, el negro y ese sujeto sacado de una novela del Marqués de Sade?
De regreso al hotel, el encargado de la recepción me comunicó que el señor de la Riviere había llamado por teléfono, para decir que pasaría en la noche a dejar un presente.
No me extrañó verlo llegar en un lujoso automóvil cerca de la medianoche, acompañado del negro, del musulmán, del hindú y de la dama del perrito. Los cinco se pusieron a hablar con mucha animación, donde mezclaban el uso de varias lenguas, y a decir —no bien de la Riviere me hubo entregado para su amigo una cajuela damasquina— que debía regresar cuanto antes a Madrid, pues mi vida peligraba.
El hecho de viajar en el Metro de Madrid, me hace imaginar extravagancias, si en mi carro va un árabe musulmán, un negro lustroso, un caballero de distinguida estampa, un hindú, una dama con un perrito, mientras yo, que soy cojo, circulo por los pasillos tocando el violín.
3 Diluvio
A causa de la persistente lluvia, Santiago se empieza a anegar. Se han convertido en ríos las calles y el agua penetra a las viviendas. Ha llovido durante semanas y como no escampa, las autoridades deciden escribir a San Isidro pidiendo clemencia. Debido a que las vías están cortadas y no hay electricidad, el santo no recibe la carta y Santiago desaparece bajo el agua.
4 Amante pánfilo
En silenciosa caminata, avanza el cortejo por la ancha alameda del cementerio. La persistente lluvia, como mal presagio, obliga a la concurrencia a guarecerse bajo negros paraguas de ala de murciélago.
El cortejo se detiene frente a un mausoleo, cuyas rejas están abiertas para recibir al nuevo huésped. Alguien expresa palabras en memoria del difunto, mientras se escuchan llantos. Antes de que los sepultureros procedan a introducir el ataúd en un nicho, la acongojada viuda, recién llegada de un viaje de placer, quiere ver por última vez al amado cónyuge, y levanta la tapa del féretro.
—Este no es mi marido —solloza atónita, ante la perplejidad de quienes la acompañan.
Así se entera que su amante, por un desgraciado error, ha asesinado a una persona parecida.
5 Precaución bancaria
Cada mes, y desde hacía años, el ladrón asaltaba el mismo banco. Su eficacia, regularidad e intrepidez mantenía en ascuas a la policía, la que no sabía cómo atraparlo.
Al salir de viaje, ávido de analizar mercados internacionales en su afán de mejorar sus ingresos, no realizó en esa oportunidad su habitual operación financiera, en el banco de sus amores. Los dueños de la entidad, desesperados, contrataron a un falso ladrón para que sus clientes no pensaran que estaban en bancarrota.