1 Rostros
Con angustia, el actor pidió un rostro prestado a quien del público tuviese la gentileza de facilitarlo. Se hallaba impedido de salir a la calle, pues el suyo pertenecía a la obra.
2 Un señor excepcional
Fermín era perfecto. Y había razones para sostenerlo. Vestía a la moda; hablaba con la propiedad del académico; jamás disputaba con nadie; leía libros de superación personal y practicaba sus consejos. Aunque un sinfín de mujeres lo perseguían, amaba a una sola. Porque era religioso y de su religiosidad nadie dudaba, contribuía al mantenimiento de su iglesia, entregando el diezmo acostumbrado.
Era generoso hasta exagerar, pues tenía el bolsillo ancho. Por algo, los pedigüeños hacían su agosto cuando se encontraban con él. No le gustaba descuerar a nadie y calificaba a la maledicencia como uno de los hábitos más repugnantes.
Su sensatez era alabada sin reservas, y su nombre llegó a ser sinónimo de perfección. Hasta se escribieron libros para exaltar sus dotes de grandeza, y hubo quienes lo postularon para el cargo de Senador de la República, pero él se negó al ofrecimiento.
Cierta vez alguien lo acusó de informal. Desconcertado, empezó a resquebrajarse y a caer a pedazos al suelo, como si fuera un jarrón de porcelana.
3 Expresado por la doncella
¡Oh!
4 Último deseo
Para suicidarse cuando llegara a viejo, Diógenes del Carrillo, el pintor de tendencia ingenua y cuyas obras se venden en onzas de oro, compró un revólver y lo guardó en el ropero de su pieza. Ahí estuvo el arma largos años a la espera del día y la hora precisa en que fuese a cumplir su determinación.
Como es usual en todo hombre, le llegó la senectud. “Ya es tiempo de suicidarme” sentenció, al observar sus manos marchitas y temblorosas que ya no le permitían pintar. Abrió el ropero y se hizo del revólver. El contacto del frío metal, en vez de amilanarlo, le dio coraje. Apoyó enseguida el cañón en su sien, contó hasta tres y oprimió el gatillo. El arma no pudo funcionar. Había envejecido junto con él.
5 Historia en negro
Durante la noche y por largas cuadras, el detective siguió al hombre de negro. Deseaba saber hacia dónde se dirigía. Si el hombre de negro apuraba el paso, el detective hacía lo mismo; si disminuía su andar el detective lo imitaba. La persecución demoró horas por callejas oscuras e intrincadas donde era fácil extraviarse.
Cuando el hombre de negro desapareció al doblar una esquina, el detective lo empezó buscar con insistencia. Miró al frente, a los lados e incluso atrás y, por último, al cielo, por si se hubiera transformado en cuervo.