1 Pelikan
El comandante del regimiento Tinguiririca, Pancracio de la Sotta, desde hacía veintisiete años -la edad que tenía su único hijo- usaba la misma estilográfica Pelikan para firmar. Un día, la estilográfica dejó de funcionar, y por más que le puso tinta y la agitó hasta dolerle el brazo, no quiso escribir ni una sola letra más. En esa ocasión tenía que firmar un dictamen del Comité Revolucionario de la ciudad, donde se condenaba a ser fusilado al amanecer, entre otros, a su único hijo.
2 Gertrudis
Mi adorada Gertrudis, a quien he amado desde niño, se quemó el rostro y las manos después de haberse lavado con vitriolo. Por más que le había advertido del grave peligro si manipulaba el ácido, ella se reía y me explicaba que por nada del mundo cometería la estupidez de usar un producto tan dañino. Cuando la fui a visitar al hospital, llorosa me dijo que la había impulsado el único deseo de contradecirme.
3 El gallinero
Esa tarde todo estaba muy tranquilo en el gallinero, hasta que al gallo se le ocurrió pisar a una de las gallinas. Hubo en seguida un alboroto mayúsculo. Nadie se explica porqué las gallinas despechadas se abalanzaron sobre la pareja y la empezaron a picotear. Moraleja: el amor debe seguir siendo reservado, para evitar las escenas de celos.
4 Un tío muy particular
Ignoro porqué en las familias siempre tiene que haber un tío estúpido. En la nuestra está el tío Gerundio (nada tiene que ver con la forma verbal) quien se casó a los 15 con una niña de 14 llamada Gerundia. Al cabo de tres años tuvieron mellizos, a los que por presión de mi tío bautizaron como Gerundio y Gerundia. Cuando los niños fueron a la escuela, los profesores de castellano no podían entender la rara afición de mi tío a los gerundios. Quién sabe si a partir de ese día el uso del gerundio se ha extendido entre los aficionados a escribir.
5 La caracola
Hace muchos años, cuando visité por primera vez Antofagasta, fui a la orilla del mar a buscar caracolas para enriquecer mi colección. Junté miles de ellas y como no las pude llevar a Santiago, las escondí entre el roquerío para volver por ellas en otra época. No sé si iré a rescatarlas mañana, aunque preferiría que se quedaran donde están, para que vuelvan algún día a ser motivo de alegría de otros coleccionistas, menos indecisos que yo.